1917

254 Pues bien, lo más notable de todo este medio año que lleva de historia nuestra revolución, en punto al problema que estu- diamos, es que un gobierno que se llama republicano y revolucio- nario, que un gobierno apoyado por los mencheviques y los eseristas en nombre de los «órganos con plenos poderes de la democracia revolucionaria» ¡ ha combatido a las organizaciones democráticas y las ha derrotado! Palchinski ha adquirido, en esta lucha, la más triste y vasta celebridad, una celebridad nacional. Ha actuado al socaire del gobierno, sin intervenir abiertamente ante el pueblo (del mismo modo que preferían actuar, en general, los demócratas constitucio- nalistas, echando por delante a Tsereteli «para el pueblo», mientras ellos arreglaban a la chita callando todos los asuntos importantes). Palchinski ha frenado y saboteado todas las medidas serias de las or- ganizaciones democráticas espontáneamente constituidas, porque ninguna de estas medidas serias podía ponerse en práctica de no ser en «detrimento» de las excesivas ganancias y la arbitrariedad de los Kit Kítich, de quienes Palchinski era fiel abogado y servidor. Y tan allá fueron las cosas, que —la prensa dio cuenta del hecho— ¡llegó a anular sin más ni más las disposiciones de las organizaciones democráticas surgidas espontáneamente! Toda la historia del «reinado» de Palchinski —y «reinó» durante muchos meses, precisamente cuando eran «ministros» Tsereteli, Skóbeliev y Chernov— es un escándalo incesante y abo- minable, un sabotaje de la voluntad del pueblo, de los acuerdos de la democracia, para complacer a los capitalistas, para satisfacer su inmunda codicia. Los periódicos solo han podido publicar, na- turalmente, una ínfima parte de sus «hazañas»; la investigación completa de cómo este personaje obstaculizaba la lucha contra el hambre solo podrá llevarse a efecto por un gobierno verdade- ramente democrático del proletariado, cuando éste conquiste el poder y someta al tribunal del pueblo, sin ocultaciones, los nego- cios de Palchinski y consortes. Se nos objetará, quizás, que Palchinski era, después de todo, una excepción, y que, al fin y al cabo, lo arrinconaron… Pero el caso es que no es una excepción, sino la regla, y que, arrin-

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