1917
252 ¡«Todo el mundo» sufre en las colas; «todo el mundo»… solo que los ricos mandan a la cola a sus criados, y hasta toman a criados especialmente para ese servicio! ¡Ahí tienen la «democracia»! Una política democrático-revolucionaria no se limitaría en estos momentos de calamidades insólitas por las que atraviesa el país a establecer las cartillas de pan para combatir la catástrofe in- minente. Añadiría a ello, en primer lugar, la agrupación obligatoria de toda la población en cooperativas de consumo, pues sin esa me- dida es imposible implantar un control integral del consumo. En segundo lugar, impondría a los ricos el trabajo obligatorio, hacién- doles prestar servicios gratuitos como secretarios de las cooperativas de consumo o en otro trabajo cualquiera de esta índole. En tercer lugar, organizaría una distribución por igual de todos los artículos de consumo entre la población, para repartir de un modo verda- deramente equitativo las cargas de la guerra. En cuarto lugar, orga- nizaría el control de tal manera, que las clases pobres fiscalizasen el consumo de los ricos. La instauración de una verdadera democracia en este te- rreno, dando pruebas de un espíritu auténticamente revolucionario en la organización del control, poniéndolo en manos de las clases más necesitadas del pueblo, sería el estimulo más grande para poner en tensión todas las fuerzas intelectuales existentes, para desplegar las energías verdaderamente revolucionarias de todo el pueblo. Hoy, los ministros de la Rusia republicana y democrático-revolucionaria, lo mismo que sus colegas de los demás Estados imperialistas, pronun- cian frases altisonantes acerca del «trabajo común en bien del pueblo», acerca de «la tensión de todas las energías», pero el pueblo ve, percibe y siente toda la hipocresía de esas frases. El resultado es un ajetreo estéril, mientras la ruina aumenta de modo incontenible y la catástrofe se avecina, pues nuestro go- bierno —estando todavía tan vivos como están en el pueblo las tradiciones, los recuerdos, las huellas, las costumbres y las insti- tuciones de la revolución— no puede someter a los obreros a un régimen de presidio militar, a la manera de Kornílov o de Hin- denburg, según el modelo general imperialista; y, por otra parte, nuestro gobierno no quiere marchar seriamente por la senda
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