1917

251 circunscribir la «reglamentación de la vida económica» en general y la del consumo en particular a las medidas estrictamente indis- pensables para que el pueblo pueda subsistir, guardándose bien de una reglamentación efectiva del consumo mediante el control sobre los ricos , mediante un sistema que, en tiempo de guerra, imponga mayores cargas a los ricos, que son, en tiempo de paz, las personas favorecidas, privilegiadas, satisfechas y hartas. La solución burocrática reaccionaria del problema planteado a los pueblos por la guerra se limita al racionamiento del pan, a la distribución equitativa de los artículos de consumo «popular» ab- solutamente indispensables para la alimentación, sin apartarse ni una pulgada del burocratismo ni de la reacción, sin apartarse de su objetivo, que es: no alentar la propia iniciativa de los pobres, del proletariado, de la masa del pueblo (del demos ), no permitir su control sobre los ricos y dejar el mayor número posible de escapa- torias para que los ricos puedan gratificarse con artículos de lujo. Esas escapatorias se dejan en gran abundancia en todos los países, incluso, repetimos, en Alemania —¡y no digamos en Rusia!—; en todas partes la «gente del pueblo» pasa hambre, mientras los ricos se instalan en los balnearios, completando las parcas raciones de tasa con todo género de «extraordinarios», y no se dejan controlar. En Rusia, que acaba de hacer la revolución contra el zarismo en nombre de la libertad y de la igualdad; en Rusia, que se ha con- vertido de golpe, si nos atenemos a sus instituciones políticas efec- tivas, en una república democrática, lo que escandaliza sobre todo al pueblo, lo que suscita particularmente el descontento, la exaspe- ración, la cólera y la irritación de las masas, es la facilidad, que todo el mundo ve, con que los ricos burlan las «cartillas de pan». Esa faci- lidad es enorme. «Bajo cuerda» y pagando precios fabulosos, sobre todo cuando se tienen «buenas relaciones» (las tienen únicamente los ricos), se procura lo que se quiere y en grandes cantidades. El pueblo es el que pasa hambre. La reglamentación del consumo se circunscribe dentro del marco burocrático reaccionario más es- trecho. Y el gobierno no manifiesta ni sombra de preocupación, ni sombra de cuidado por establecer una reglamentación basada en principios auténticamente democrático-revolucionarios.

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