1917
250 romper violentamente con las tradiciones caducas y acelerar todo lo posible el movimiento progresivo. Con las cartillas de pan, el ejemplo más típico de la reglamen- tación del consumo en los Estados capitalistas modernos, se plantea y cumple (se cumple en el mejor de los casos) una tarea: distribuir las existencias de pan, de modo que alcancen para todos. Se im- planta una tasa máxima para el consumo, no de todos, ni mucho menos, sino de los artículos más importantes, los de consumo «po- pular». Eso es todo. Nada más les preocupa. Las existencias de trigo se calculan y distribuyen entre la población, se establece una tasa de consumo, se aplica esa tasa, todo ello burocráticamente, y ahí se quedan las cosas. Los artículos de lujo no se tocan, pues son «de todos modos» tan escasos y tan caros, que no están al alcance del «pueblo». Por eso, en todos los países beligerantes, absolutamente en todos, incluso en Alemania, país que creo puede ser considerado indiscutiblemente como modelo de la reglamentación más meti- culosa, más pedante y más rigurosa del consumo, vemos cómo los ricos burlan constantemente todas las «tasas» fijadas para la regla- mentación del consumo. Y también esto lo sabe «todo el mundo», también «todo el mundo» habla de ello con una sonrisa irónica, y en la prensa socialista alemana —y de vez en cuando hasta en la prensa burguesa— aparecen constantemente, a pesar de las feroci- dades de la censura de allí, con su rígido espíritu cuartelesco, noti- cias y sueltos acerca del «menú» de los ricos; del pan blanco de que los ricos disponen sin tasa en tal o cual balneario (haciéndose pasar por enfermos, a esos balnearios concurren todos… los que tienen dinero); de cómo los ricos consumen, en lugar de los artículos que consume el pueblo, productos de lujo, refinados y raros. El reaccionario Estado capitalista, que teme socavar los ci- mientos del capitalismo, los cimientos de la esclavitud asalariada, los cimientos de la supremacía económica de los ricos, teme fo- mentar la iniciativa de los obreros y de los trabajadores en general, teme «atizar» sus exigencias; ese Estado no necesita nada más que las cartillas de pan. Un Estado de este tipo no pierde jamás de vista, ni un solo instante, en ninguno de los pasos que da, su meta reac- cionaria : consolidar el capitalismo, impedir su quebrantamiento,
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