1917
247 priva de un kopek a un solo propietario; tampoco prejuzga si la forma, la tendencia y el espíritu de control serán burocráticos reaccionarios o revolucionarios democráticos. Leyes como esa podrían y deberían dictarse en nuestro país inmediatamente, sin perder ni una semana de tiempo precioso y dejando que las mismas condiciones de la vida social determinen las formas más concretas y el ritmo de aplicación de la ley, los medios de vigilar su aplicación, etc. Para dictar tal ley, el Estado no nece- sita disponer de un aparato especial ni recurrir a investigaciones es- peciales ni a estudios previos de ningún género; bastaría con que estuviese dispuesto a romper con ciertos intereses privados de los capitalistas, que «no están acostumbrados» a esas intromisiones y no quieren perder las superganancias que les asegura, a la par de la falta de control, la administración a la antigua. Para dictar tal ley no se necesita ningún aparato ni hace falta tampoco ninguna «estadística» (con la que Chernov pretendía su- plantar la iniciativa revolucionaria de los campesinos), pues su ejecución habría de correr a cargo de los mismos fabricantes e in- dustriales, de las fuerzas sociales ya existentes , bajo el control de fuerzas sociales (es decir, no gubernamentales, no burocráticas) tam- bién existentes, pero que deben pertenecer obligatoriamente a los llamados «estamentos bajos», es decir, a las clases oprimidas y explo- tadas, que por su heroísmo, por su abnegación y por su disciplina basada en la camaradería han demostrado siempre, en todo el curso de la historia, ser infinitamente superiores a los explotadores. Supongamos que tenemos un gobierno verdaderamente democrático-revolucionario y que este gobierno decreta: todos los fabricantes e industriales, siempre y cuando empleen, digamos, no menos de dos obreros, deben agruparse inmediatamente, en cada rama de producción, en asociaciones de distrito y de provincia. La responsabilidad del estricto cumplimiento de esta ley incumbe en primer lugar a los fabricantes, a los directores, a los consejeros y a los grandes accionistas (pues todos ellos son los verdaderos jefes de la industria moderna, sus verdaderos amos). Se considerará como si fueran desertores del ejército, imponiéndoseles el castigo correspon- diente, a cuantos pretendan sustraerse al cumplimiento inmediato
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