1917

234 está inevitablemente condenada a seguir siendo un tópico de los mi- nistros para engañar a la gente sencilla. Solo el control de las opera- ciones bancarias, a condición de que se concentren en un solo banco, perteneciente al Estado, permitirá llevar a cabo, previa aplicación de otras medidas fácilmente implementables, la recaudación efectiva del impuesto de utilidades sin que haya ocultaciones de bienes e ingresos pues, hoy día, el impuesto de utilidades sigue siendo, en gran parte, una ficción. Bastaría tan solo con decretar la nacionalización de los bancos; de realizarla se encargarían sus mismos directores y em- pleados. Para ello no hace falta ningún aparato especial, ni se re- quieren tampoco providencias preparatorias especiales por parte del Estado; esa medida puede ser implantada por un simple de- creto, «de un solo golpe», pues el propio capitalismo, que en su desarrollo ha llegado hasta a idear las letras de cambio, las acciones, las obligaciones, etc., se ha encargado de crear la posibilidad eco- nómica de esa medida. Hecho esto, no restaría más que unificar la contabilidad ; y si el Estado democrático-revolucionario ordenase que en cada ciudad se convocasen inmediatamente, por telégrafo, asambleas y, en las provincias y por todo el país, congresos de di- rectores y empleados de banca, con objeto de llevar a cabo sin de- mora la fusión de todos los bancos en un solo banco del Estado, esa reforma sería realizada en el transcurso de unas semanas. Por supuesto, serían precisamente los directores y los altos empleados quienes opondrían resistencia, quienes tratarían de engañar al Es- tado, de dar largas al asunto, etc., pues esos caballeros, y ahí está el quid de la cuestión, perderían puestos muy rentables y la posibi- lidad de operaciones fraudulentas muy lucrativas. Pero no existe la menor dificultad técnica para la fusión de los bancos, y si el poder del Estado fuese revolucionario no solo de palabra (es decir, si no temiese romper con la inercia y con la rutina), si fuese democrático no solo de palabra (es decir, si obrase en interés de la mayoría del pueblo y no de un puñado de ricachones), bastaría con decretar la confiscación de bienes y el encarcelamiento de los directores, los consejeros y los grandes accionistas en castigo a la menor dilación y a los intentos de ocultar los saldos de cuentas y otros documentos; bastaría con organizar aparte , por ejemplo, a los empleados pobres

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