1917

221 que el gobierno, con la más cortés y amable de las sonrisas, colo- caba bajo carpeta. Pero bastó la «bocanada de aire fresco» del movi- miento de Kornílov, que anunciaba una buena tormenta, para que el aire viciado del Soviet se purificara por un tiempo y la iniciativa de las masas revolucionarias empezara a revelarse como algo gran- dioso, potente e invencible. Que aprendan con este ejemplo histó- rico todos los incrédulos. Que se avergüencen los que dicen: «no tenemos un aparato que pueda remplazar al viejo, que inelucta- blemente tiende a defender a la burguesía». Ese aparato existe. Son los Soviets. No teman la iniciativa e independencia de las masas, confíense a sus organizaciones revolucionarias y verán en todos los aspectos de la vida estatal la misma fuerza, grandiosidad, invencibi- lidad que los obreros y los campesinos revelaron en su unificación y en su ímpetu contra el movimiento de Kornílov. Falta de fe en las masas, miedo a su iniciativa, miedo a que actúen por sí mismas, estremecimiento ante su energía revolucio- naria, en lugar de un apoyo total y sin reservas: tales han sido los mayores pecados de los jefes eseristas y mencheviques. Allí está una de las raíces más profundas de su indecisión, de su vacilación, de sus interminables e infinitamente estériles intentos de verter vino nuevo en los viejos odres del viejo aparato estatal, burocrático. Tomemos la historia de la democratización del ejército en la revolución rusa de 1917, la historia del ministerio de Chernov, la his- toria del «reinado» de Palchinski, la historia de la dimisión de Peshe- jónov y verán a cada paso la confirmación más palpable de lo dicho anteriormente. La falta de confianza en las organizaciones elegidas por los soldados, la falta de aplicación absoluta del principio de ele- gibilidad de los superiores por los soldados, hizo que los Kornílov, los Kaledin y los oficiales contrarrevolucionarios se encontraran a la cabeza del ejército. Esto es un hecho. Y quien no cierra los ojos no puede dejar de ver que, después del movimiento de Kornílov, el go- bierno de Kerenski deja todo como antes , de hecho, restaura dicho movimiento. El nombramiento de Alexéiev, la «paz» con los Klem- bovski, Gagarin, Bagratión y otros kornilovistas, la blandura en el trato al mismo Kornílov y a Kaledin, demuestra a las claras que, en la práctica, Kerenski restaura la korniloviada.

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