1917
220 no puede pensar, sentir ni obrar de otro modo que no sea a la ma- nera antigua. Este ejército está ligado por relaciones de respeto a la jerarquía, por determinados privilegios del servicio «del Estado», y sus cuadros superiores están totalmente supeditados, por medio de las acciones y de los bancos, al capital financiero y vienen a ser, en cierta medida, sus agentes, los defensores de sus intereses y vehículos de su influencia. El intento de llevar a cabo, por medio de ese aparato estatal, transformaciones tales como la supresión de la propiedad terrate- niente sin indemnización o el monopolio del trigo, etc., es una mera ilusión, el más grande autoengaño y el mayor engaño del pueblo. Ese aparato puede servir a la burguesía republicana, creando una repú- blica a modo de «una monarquía sin monarcas», tal como la tercera República en Francia, pero un aparato estatal de este tipo es absolu- tamente incapaz de llevar a cabo reformas que no solo aniquilen, sino que ni siquiera cercenen o limiten seriamente los derechos del ca- pital, los derechos de la «sagrada propiedad privada». Por eso resulta siempre que, con todos los posibles ministerios «de coalición» donde participan «socialistas», dichos socialistas vienen a ser, en la práctica, aun en el caso de una completa probidad por parte de algunos de ellos, un simple adorno o pantalla del gobierno burgués, un para- rrayos de la indignación popular provocada por ese gobierno, un instrumento del gobierno para engañar a las masas. Tal fue el caso de Louis Blanc en 1848; así sucedió desde entonces decenas de veces en Inglaterra y Francia, al participar los socialistas en el gobierno; así fue con los Chernov y los Tsereteli en 1917; así fue y así será mientras se mantenga el orden burgués y se conserve inviolable el viejo aparato estatal burgués y burocrático. Los Soviets de Diputados Obreros, Soldados y Campesinos son muy valiosos precisamente porque representan un tipo de apa- rato estatal nuevo inmensamente más elevado, incomparablemente más democrático. Los eseristas y los mencheviques hicieron todo lo posible, y lo imposible, para transformar los Soviets (especialmente el de Petrogrado y el de toda Rusia, es decir, el Comité Ejecutivo Central) en corrillos de charlatanes, que se ocupaban, so pretexto de «control», de adoptar impotentes resoluciones y expresar deseos
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