1917
218 victoriosa del proletariado podrá salvarla. Si la respuesta es afirmativa, hay que empezar con la inmediata creación de un poder firme y es- table. Durante una revolución popular, que despierta a la vida a las masas, a la mayoría de los obreros y campesinos, solo puede ser estable un poder que se apoye de modo seguro e indudable en la mayoría de la población. Hasta el momento el poder estatal permanece de hecho en Rusia en manos de la burguesía, que se ve obligada a hacer únicamente concesiones parciales (para empezar a retirarlas al día si- guiente), repartir promesas (para no cumplirlas), rebuscar todas las maneras posibles de encubrir su dominio (para engañar al pueblo con la apariencia de una «coalición honesta») y así sucesivamente. De pa- labra, un gobierno revolucionario, democrático, popular; en la prác- tica, un gobierno burgués, contrarrevolucionario, antidemocrático y antipopular: ahí está la contradicción que ha existido hasta el presente y el origen de la total inestabilidad y de las vacilaciones del poder, de todo ese «carrusel ministerial» en el que los señores eseristas y men- cheviques se divirtieron con tan lamentable (para el pueblo) empeño. O la dispersión de los Soviets y su muerte sin pena ni gloria, o todo el poder a los Soviets: esto lo dije ante el Congreso de los Soviets de toda Rusia a principios de junio de 1917, y la historia de julio y agosto ha confirmado lo justo de estas palabras en forma harto convincente. El Poder de los Soviets es el único que puede ser estable y apoyarse a ciencia cierta en la mayoría del pueblo, por más que mientan los la- cayos de la burguesía tales como Potrésov, Plejánov y otros, que llaman «ampliación de la base» del poder a su traspaso efectivo a manos de una minoría insignificante del pueblo, a la burguesía, a los explotadores. Solo el poder soviético podría ser estable, solo a él no se le po- dría derrocar aun en los momentos más agitados de la revolución más violenta; solo ese poder podría garantizar un desarrollo continuo y amplio de la revolución, una lucha pacífica de los partidos dentro de los Soviets. Mientras un poder así no esté creado, son inevitables la indecisión, la inestabilidad, las vacilaciones, las interminables «crisis del poder», la comedia sin desenlace del carrusel ministerial, los estallidos de derecha y de izquierda. Pero la consigna «El poder a los Soviets» se entiende, con mucha frecuencia, si no en la mayoría de los casos, de una manera
RkJQdWJsaXNoZXIy MTA3MTQ=