1917

201 El 9 de junio se asociaron con la burguesía contrarrevolucionaria en la campaña de odio desenfrenado, mentiras y calumnias contra el proletariado revolucionario. El 19 de junio dieron su consenti- miento a la reanudación de la guerra de rapiña. El 3 de julio ac- cedieron a que se llamase a la capital tropas reaccionarias: era el comienzo de la entrega definitiva del poder a los bonapartistas. Poco a poco fueron cayendo cada vez más bajo. Este final tan vergonzoso de los partidos eserista y menche- vique no tiene nada de casual; es el resultado, ya más de una vez confirmado por la experiencia de Europa, de la situación econó- mica de los pequeños propietarios, de la pequeña burguesía. IX Cualquiera ha podido observar, naturalmente, cómo se des- viven los pequeños propietarios, cómo se esfuerzan por «salir ade- lante», por llegar a ser verdaderos propietarios, por escalar la posición del propietario «sólido», la posición de la burguesía. Mientras impere el capitalismo, no hay para el pequeño propietario más que una de estas dos salidas: o conquistar la posición del capitalista (posibilidad que, en el mejor de los casos, solo se abre a uno por ciento de pe- queños propietarios) o pasar a la situación del pequeño propietario arruinado, del semiproletario y después a la del proletario. Así ocurre también en el campo de la política: la democracia pequeñoburguesa, sobre todo en la persona de sus líderes, se arrastra tras la burguesía. Los líderes de la democracia pequeñoburguesa consuelan a sus masas con promesas y aseveraciones acerca de la posibilidad de llegar a una inteligencia con los grandes capitalistas. En el mejor de los casos obtienen de éstos, durante muy poco tiempo, concesiones insignifi- cantes que solo benefician a una pequeña capa superior de las masas trabajadoras, mientras que en todas las cuestiones decisivas, impor- tantes, la democracia pequeñoburguesa se ha encontrado siempre a la cola de la burguesía, como su apéndice impotente, como un instrumento sumiso en manos de los reyes de las finanzas. La expe- riencia de Inglaterra y Francia ha confirmado esto más de una vez.

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