1917
196 En los países en que la libertad y la democracia coexisten desde hace más tiempo con el movimiento obrero revolucionario, en Inglaterra y Francia, este método ha sido aplicado repetidas veces y con gran éxito por los capitalistas. Los líderes «socialistas» que han entrado en los gabinetes de la burguesía, han sido siempre testaferros, muñecos, pantallas de los capitalistas, un instrumento de estos para engañar a los obreros. Los capitalistas «demócratas y republicanos» de Rusia pusieron en práctica el mismo método. Desde el primer momento, los eseristas y mencheviques se dejaron engatusar, y el 6 de mayo el gobierno de «coalición», con la partici- pación de Chernov, Tsereteli y Compañía, era ya un hecho. Los tontos de los partidos eserista y menchevique eran todo júbilo, regodeándose jactanciosamente en el resplandor de la fama ministerial de sus líderes. Por su parte, los capitalistas se frotaban las manos de gusto, pues los «líderes de los Soviets» venían a brin- darles una ayuda contra el pueblo y les prometían apoyar las «ac- ciones ofensivas en el frente», es decir, la reanudación de la rapaz guerra imperialista, ya una vez a punto de ser interrumpida. Los capitalistas conocían bien toda la pomposa impotencia de estos lí- deres, sabían que las promesas hechas por la burguesía —respecto al control, e incluso la organización de la producción, respecto a la política de paz, etc.— jamás llegarían a cumplirse. Así fue, en efecto. La segunda fase del desarrollo de la re- volución, que va desde el 6 de mayo hasta el 9 o hasta el 18 de junio, vino a confirmar plenamente los cálculos de los capitalistas en cuanto a lo fácil que era engañar a los eseristas y mencheviques. Mientras Peshejónov y Skóbeliev se engañaban a sí mismos y en- gañaban al pueblo con frases altisonantes, diciendo que se arreba- taría a los capitalistas el 100% de sus ganancias, que su «resistencia estaba vencida», etc., los capitalistas seguían fortaleciéndose. Du- rante todo este tiempo no se hizo, en realidad, nada, absolutamente nada por frenar a los capitalistas. Los ministros tránsfugas del so- cialismo resultaron ser simples máquinas parlantes, encargadas de desviar la atención de las clases oprimidas, mientras en realidad se dejaban en manos de la burocracia y de la burguesía todos los re- sortes de gobierno del Estado. El tristemente célebre Palchinski,
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