1917
194 mantenían constantemente al habla con el gobierno de los capita- listas, viniendo a ocupar, en realidad, la posición de ministros sin cartera o ministros oficiosos. Esta situación se mantuvo durante todo el mes de marzo y casi todo abril. Los capitalistas, mientras tanto, actuaban demo- rando y acudiendo a subterfugios, procurando ganar tiempo. Du- rante todo este lapso, el gobierno de los capitalistas no dio ni un solo paso medianamente serio, encaminado a desarrollar la revo- lución. No hizo ni siquiera lo más mínimo para cumplir un deber suyo directo e inmediato, como era la convocatoria a la Asamblea Constituyente; no se molestó en llevar el asunto a los organismos locales, ni siquiera en crear una comisión central encargada de rea- lizar los preparativos necesarios. El gobierno no tenía más que una preocupación: renovar a espaldas del pueblo los rapaces tratados internacionales, concertados por el zar con los capitalistas de Ingla- terra y Francia, frenar lo más cautelosa e inadvertidamente posible la revolución, prometerlo todo y no cumplir nada. Los eseristas y mencheviques hacían en la «Comisión de Enlace» el papel de esos tontos a quienes se engaña con frases ampulosas, con promesas, con los «vuelva usted mañana». Y como el cuervo de la conocida fábula, los eseristas y mencheviques se rendían a las adulaciones y se sentían felices oyendo a los capitalistas asegurar que tenían a los Soviets en alta estima y que no darían un paso sin contar con ellos. De hecho iba pasando el tiempo y el gobierno de los capita- listas no hacía nada por la revolución. Pero en contra de la revolu- ción había tenido tiempo de renovar o, mejor dicho, de confirmar los rapaces tratados secretos, «reanimándolos» mediante negocia- ciones complementarias y no menos secretas mantenidas con los diplomáticos del imperialismo anglo-francés. Contra la revolución había tenido tiempo, mientras tanto, de ir echando los cimientos para una organización contrarrevolucionaria (o a lo menos una aproximación) de los generales y la oficialidad del ejército de ope- raciones. Contra la revolución había tenido tiempo de comenzar la organización de los industriales, fabricantes y patronos que, bajo la presión de los obreros, se veían forzados a hacer concesión tras concesión, pero que empezaban al mismo tiempo a sabotear la pro- ducción y esperaban el momento propicio para paralizarla.
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