1917
191 El poder no fue a parar casualmente a manos de este partido, a pesar de que no habían sido, naturalmente, los capitalistas, sino los obreros y los campesinos, los marineros y los soldados, quienes habían luchado contra las tropas zaristas, derramando su sangre por la libertad. El poder fue a parar a manos de los capitalistas, porque esta clase disponía de la fuerza y la riqueza, de la organización y del saber. Desde 1905, y sobre todo durante la guerra, la clase de los capitalistas y de los terratenientes aliados a ellos ha venido alcan- zando en Rusia los mayores éxitos en cuanto a su organización. El Partido Demócrata Constitucionalista fue siempre, lo mismo en 1905 que desde 1905 a 1917, un partido monárquico. Después del triunfo del pueblo sobre la tiranía zarista, este partido se declaró republicano. La experiencia de la historia enseña que siempre que el pueblo derrota una monarquía, los partidos de los capitalistas se avienen a convertirse en republicanos con tal de salvar sus privile- gios y su omnipotencia sobre el pueblo. De palabra, el partido de los demócratas constitucionalistas aboga por la «libertad del pueblo», pero en realidad lo que hace es defender a los capitalistas. Por eso, todos los terratenientes, todos los monárquicos, todos los elementos de las Centurias negras, se pasaron inmediatamente a su lado. La prueba de esto la tenemos en la prensa y en las elecciones. Todos los periódicos burgueses y toda la prensa de las Centurias Negras cantan después de la revolución a coro con los demócratas constitucionalistas. Y todos los partidos monárquicos que no se atreven a actuar abiertamente apoyan en las elecciones, como ocurrió, por ejemplo, en las de Petrogrado, a los demócratas constitucionalistas. Después de adueñarse del poder gubernamental, los de- mócratas constitucionalistas concentraron todos sus esfuerzos en proseguir la rapaz guerra anexionista comenzada por el zar Nicolás II sobre la base de los tratados secretos concertados por él con los capitalistas ingleses y franceses. En esos tratados se les prometía a los capitalistas rusos que, caso de triunfar, podrían adueñarse de Constantinopla, de Galitzia, de Armenia, etc. En cambio, frente al pueblo, el gobierno de los demócratas constitucionalistas se limitó a subterfugios y vacuas promesas, en las que todas las decisiones
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