1917
189 No hay pan. Otra vez se avecina el hambre. Todo el mundo ve que los capitalistas y los ricos engañan desvergonzadamente al erario con los suministros al ejército (hoy, cada día de guerra le cuesta al pueblo 50 millones de rublos); todo el mundo ve que, con los altos precios que hoy rigen, los capitalistas se embolsan ganan- cias fabulosas, sin que se haga ni lo más mínimo para implantar un verdadero control obrero de la producción y la distribución de los medios de subsistencia. Los capitalistas se vuelven cada vez más in- solentes; arrojan a los obreros a la calle, y lo hacen en momentos en que el pueblo vive en penuria por falta de mercancías. En toda una serie de congresos, la inmensa mayoría de los campesinos ha declarado en voz alta y rotundamente que considera una injusticia y un robo la propiedad terrateniente. Y el gobierno, un gobierno que se llama revolucionario y democrático, lleva varios meses engañando a los campesinos y alimentándoles con promesas y dilaciones. Durante varios meses, los capitalistas impidieron que el ministro Chernov dictase leyes que prohíben la compraventa de la tierra. Y cuando por fin fue promulgada la ansiada ley, los ca- pitalistas levantaron una campaña infame y calumniosa contra el ministro, campaña que sigue hoy día. Y tan lejos llega el gobierno en su descaro al defender a los terratenientes, que comienza a en- tregar a los tribunales a los campesinos que se adueñan «por propia iniciativa» de las tierras. Se engaña a los campesinos persuadiéndolos de que aguarden a la Asamblea Constituyente, mientras los capitalistas continúan aplazando su convocatoria. Y cuando por fin, bajo la presión de las exigencias de los bolcheviques, se señala la fecha del 30 de sep- tiembre para la convocatoria, los capitalistas gritan a los cuatro vientos que es «imposible» organizar las cosas en tan breve plazo y exigen un nuevo aplazamiento… Los miembros más destacados del partido de los capitalistas y terratenientes, del Partido Demócrata Constitucionalista o partido de la «libertad del pueblo», Pánina, por ejemplo, predican sin ambages que la Asamblea Constituyente no debe convocarse hasta el término de la guerra. ¡Esperen hasta la Asamblea Constituyente para resolver el pro- blema de la tierra! ¡Esperen a que termine la guerra para convocar la Asamblea Constituyente! ¡Esperen el fin de la guerra para cuando
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