1917
181 «no impedirles» la rectificación; hay que ayudar a la pequeña bur- guesía a que derive hacia los obreros. Razonar así equivaldría a incu- rrir en un candor pueril o simplemente en una tontería, suponiendo que ello no representase engañar una vez más a los obreros. Ya que la deriva de las masas pequeñoburguesas hacia los obreros consistiría única y precisamente en su alejamiento de los eseristas y menchevi- ques. Y si los partidos eserista y menchevique quieren, hoy, rectificar su «error», no tienen más camino que declarar a Tsereteli y Chernov, Dan y Rakítnikov, cómplices de los verdugos. Nosotros nos decla- ramos plena e incondicionalmente partidarios de semejante «rectifi- cación de errores»… El problema fundamental de la revolución, decíamos, es el problema del poder. A esto tenemos que añadir que precisamente las revoluciones demuestran a cada paso cómo se vela el problema de saber dónde reside el verdadero poder, ponen de manifiesto la discrepancia entre el poder formal y el poder efectivo. En eso preci- samente estriba una de las características más importantes de todo período revolucionario. Durante los meses de marzo y abril de 1917 no se sabía si el poder efectivo estaba en manos del gobierno o de los Soviets. Pero hoy es importantísimo que los obreros conscientes en- foquen serenamente el problema central de la revolución: el de saber en manos de quién se halla en los momentos actuales el poder del Estado. No hay más que pararse a examinar sus manifestaciones materiales, no confundiendo las frases con los hechos, y la contes- tación no será difícil. El Estado —decía Federico Engels— lo constituyen, ante todo, destacamentos de hombres armados con ciertos apéndices materiales, como, por ejemplo, las cárceles. Hoy, el Estado lo cons- tituyen los junkers y cosacos reaccionarios, traídos expresamente a Petrogrado; los que tienen recluidos en la cárcel a Kámenev y a otros; los que han prohibido Pravda ; los que han desarmado a los obreros y a una parte determinada de los soldados; los que fusilan a una parte no menos determinada de los soldados y a una parte no menos determinada de las tropas del ejército. Esos verdugos son los que constituyen hoy el poder efectivo. Los Tsereteli y Chernov son
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