1917

179 no habría hecho cambiar, ni podía hacerlo de por sí, la correlación de fuerzas entre clases; no habría hecho cambiar en nada el carácter pe- queñoburgués de los campesinos. Pero habría dado oportunamente un gran paso en la labor de separar a las masas campesinas de la burguesía, de aproximarlas a los obreros para acabar fundiéndolas con estos. Así hubieran podido ocurrir las cosas, si el poder hubiese pa- sado a su debido tiempo a los Soviets. Y ello habría sido lo más fácil y lo más ventajoso para el pueblo. Era el camino menos doloroso de todos, y por eso había que luchar por él con toda energía. Pero hoy, esa lucha, la lucha por la entrega oportuna del poder a los Soviets, ha terminado. La senda pacífica del desarrollo de la revolución se nos ha cerrado. Ante nosotros se abre otra senda, no pacífica, la más dolorosa de todas. El viraje del 4 de julio consiste precisamente en que, a partir de esa fecha, ha cambiado bruscamente la situación objetiva. El equi- librio inestable del poder ha cesado; el poder ha pasado, en el punto decisivo, a manos de la contrarrevolución. El desarrollo de los par- tidos sobre la base de la política de pactos de los partidos pequeñobur- gueses eserista y menchevique con los demócratas constitucionalistas contrarrevolucionarios ha acabado por convertir a esos dos partidos pequeñoburgueses, de hecho, en cómplices y partícipes de los pro- cedimientos criminales de la contrarrevolución. La confianza in- consciente depositada por los pequeñoburgueses en los capitalistas ha hecho que aquéllos, impulsados por el proceso de desarrollo de la lucha de los partidos, se convirtiesen en auxiliares conscientes de los contrarrevolucionarios. El ciclo de desarrollo de las relaciones entre los partidos ha terminado. El 27 de febrero, todas las clases se ha- llaron unidas contra la monarquía. A partir del 4 de julio, la burguesía contrarrevolucionaria, del brazo de los monárquicos y las Centurias Negras, ha encadenado a su servicio a los eseristas y mencheviques pequeñoburgueses, apelando en parte a la intimidación y poniendo de hecho el poder del Estado en manos de los Cavaignac, en manos de una pandilla militar que en el frente fusila a los insubordinados y en Petrogrado aplasta a los bolcheviques. En estas condiciones, la consigna del paso del poder a los So- viets parecería una quijotada o una burla. Mantener esta consigna

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