1917

133 mundo de los capitalistas. Esto solo puede resolverse por medio de la guerra. De ahí que sea ridículo culpar a este o aquel bandido coronado. Esos bandidos coronados son todos iguales. De ahí tam- bién que sea absurdo acusar a los capitalistas de uno u otro país. Son culpables únicamente de haber establecido semejante sistema. Pero así se hace de acuerdo con todas las leyes, protegidas por todas las fuerzas del Estado civilizado. «Tengo pleno derecho a comprar acciones. Todos los tribunales, toda la policía, todo el ejército per- manente y todas las flotas del mundo protegen este sacrosanto de- recho mío a adquirir acciones». Si se fundan bancos que manejan centenares de millones de rublos, si estos bancos han tendido las redes de la expoliación bancaria en el mundo entero y han chocado en una batalla a muerte, ¿quién es el culpable? ¡Vete a buscarle! El culpable es el desarrollo del capitalismo durante medio siglo, y no hay más salida que el derrocamiento de la dominación de los capi- talistas y la revolución obrera. Esta es la respuesta a que ha llegado nuestro partido después de analizar la guerra, esta es la razón de que digamos: la sencillísima cuestión de las anexiones está tan em- brollada, los representantes de los partidos burgueses han mentido tanto que pueden presentar las cosas como si Curlandia no fuese una anexión de Rusia. Curlandia y Polonia fueron repartidas con- juntamente por esos tres bandidos coronados. Se las repartieron a lo largo de cien años, arrancaron pedazos de carne viva y el bandido ruso sacó mayor tajada porque entonces era más fuerte. Y cuando la joven fiera que participó entonces en el reparto se transforma en una potencia capitalista fuerte, en Alemania, dice: ¡Repartamos de nuevo! ¿Quieren conservar lo viejo? ¿Piensan que son más fuertes? ¡Midamos nuestras fuerzas! A eso se reduce esta guerra. Está claro que ese llamamiento —«¡midamos nuestras fuerzas!»— es únicamente la expresión de la decenal política de saqueo, de la política de los grandes bancos. De ahí que nadie pueda decir como nosotros la verdad de las ane- xiones, la verdad sencilla y comprensible para cada obrero y cada campesino. De ahí que la cuestión de los tratados, tan sencilla, sea embrollada con tanta desvergüenza por toda la prensa. Decís que tenemos un gobierno revolucionario, que han entrado en ese

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