1917

132 nuestra libertad». No es verdad, ustedes pelean porque obedecen a su gobierno de capitalistas; la guerra no la hacen los pueblos, sino los gobiernos. No me sorprende que un obrero o un campesino que no ha aprendido política, que no ha tenido la suerte o la desgracia de estudiar los secretos de la diplomacia, el cuadro de este saqueo financiero (de esta opresión de Persia por Rusia y por Inglaterra, al menos), no me sorprende que olvide esta historia y pregunte inge- nuamente: ¿qué me importan a mí los capitalistas si el que pelea soy yo? No comprende la ligazón de la guerra con el gobierno, no com- prende que la guerra la hace el gobierno y que él es un instrumento manejado por el gobierno. Ese obrero o ese campesino puede lla- marse a sí mismo pueblo revolucionario y escribir elocuentes resolu- ciones: esto significa ya mucho para los rusos, pues solo hace poco ha empezado a practicarse. Recientemente se publicó una declaración «revolucionaria» del Gobierno provisional. Las cosas no cambian por ello. También otros pueblos, con mayor experiencia que noso- tros en el arte de los capitalistas de engañar a las masas escribiendo manifiestos «revolucionarios», han batido hace ya mucho todos los records del mundo en este terreno. Si tomamos la historia parla- mentaria de la República Francesa desde que esta es una república que apoya al zarismo, a lo largo de decenios de esa historia encon- traremos decenas de ejemplos, en los que los manifiestos llenos de las frases más elocuentes encubrían la política del más abyecto saqueo colonial y financiero. Toda la historia de la Tercera República Fran- cesa es la historia de este saqueo. De esas fuentes ha brotado la guerra actual. No es resultado de la mala voluntad de los capitalistas, no es una política equivocada de los monarcas. Sería un error enfocar así las cosas. No, esta guerra ha sido originada de manera inevitable por ese desarrollo del capitalismo gigantesco, especialmente del bancario, desarrollo que condujo a que unos cuatro bancos de Berlín y cinco o seis de Londres dominaran sobre todo el mundo, se apoderasen de todos los recursos, refrendasen su política financiera con toda la fuerza armada y, por último, chocasen en una contienda de ferocidad inaudita debido a que no había ya a dónde ir libremente en plan de conquista. Uno u otro debe renunciar a la posesión de sus colonias. Y semejantes cuestiones no se resuelven voluntariamente en este

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