1917

130 capitalista por las dos partes, por los dos grupos que hacen la guerra. Se comprende, por ello, que la cuestión de cuál de estos dos bandidos desenvainó primero el cuchillo no tiene para nosotros ninguna impor- tancia. Tomemos la historia de los gastos navales y militares de ambos grupos durante varios decenios, o la historia de las pequeñas guerras que han sostenido con anterioridad a la grande. «Pequeñas» porque en ellas perecían pocos europeos; pero, en cambio, morían centenares de miles de los pueblos oprimidos, a los cuales ni siquiera consideran pueblos (asiáticos, africanos, ¿son, acaso, pueblos?). Contra esos pue- blos se hacían guerras del siguiente tipo: estaban inermes y los barrían con fuego de ametralladoras. ¿Son guerras, acaso? Propiamente ha- blando, ni siquiera son guerras y se las puede olvidar. Así enfocan este engaño completo de las masas populares. La presente guerra es la continuación de la política de con- quistas, de exterminio de naciones enteras, de inauditas atrocidades cometidas por alemanes e ingleses en África, por ingleses y rusos en Persia —no sé cuál de ellos más—, por lo que los capitalistas ale- manes les consideraban como enemigos. ¡Ah! ¿Ustedes son fuertes por ser ricos? Pero nosotros somos más fuertes que ustedes, y por eso tenemos el mismo derecho «sagrado» al saqueo. A esto se reduce la verdadera historia del capital financiero inglés y alemán durante los varios decenios que precedieron a la guerra. A esto se reduce la historia de las relaciones ruso-alemanas, ruso-inglesas y germano- inglesas. Ahí está la clave para comprender el motivo de la guerra. He ahí por qué no es más que charlatanería y engaño la leyenda corriente sobre la causa de esta guerra. Olvidando la historia del ca- pital financiero, la historia de cómo se venía incubando esta guerra por un nuevo reparto del mundo, se presenta el asunto así: dos pue- blos vivían en paz, y luego unos agredieron y otros se defendieron. Se olvida toda la ciencia, se olvidan los bancos; se invita a los pue- blos a tomar las armas, se invita a tomar las armas al campesino, el cual ignora qué es la política. ¡Hay que defender y basta! De ra- zonar así, sería lógico suspender todos los periódicos, quemar todos los libros y prohibir que se mencionen en la prensa las anexiones; por esa vía se puede llegar a la justificación de semejante punto de vista sobre las anexiones. Ellos no pueden decir la verdad sobre

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