1917

124 atención especial, porque nos muestra palmariamente lo que ol- vidan ahora a cada paso los publicistas de la prensa burguesa. Ellos especulan con los prejuicios y la ignorancia pequeñoburguesa de las masas populares completamente incultas, las cuales no com- prenden el inseparable nexo económico e histórico de toda guerra con la precedente política de cada país, de cada clase, que domi- naba antes de la guerra y aseguraba la consecución de sus objetivos por los llamados medios «pacíficos». Decimos llamados, pues las represiones necesarias, por ejemplo, para la dominación «pacífica» en las colonias es dudoso que puedan calificarse como tales. En Europa reinaba la paz, pero esta se mantenía debido a que el dominio de los pueblos europeos sobre los centenares de millones de habitantes de las colonias se efectuaba únicamente por medio de guerras incesantes, continuas, ininterrumpidas, que nosotros, los eu- ropeos, no consideramos guerras porque, con demasiada frecuencia, más que guerras parecían matanzas feroces y exterminadoras de pue- blos inermes. Las cosas están planteadas precisamente de tal forma, que para comprender la guerra contemporánea necesitamos, ante todo, echar una ojeada general sobre la política de las potencias eu- ropeas en conjunto. Es necesario tomar no ejemplos aislados, casos aislados, que siempre es fácil desgajar de los fenómenos sociales, pero que carecen de todo valor, pues del mismo modo puede citarse un ejemplo opuesto. No es necesario considerar toda la política de todo el sistema de Estados europeos en sus mutuas relaciones econó- micas y políticas, para comprender cómo ha surgido de este sis- tema, fatal e ineludiblemente, esta guerra. Observamos constantemente que se hacen intentos, sobre todo por los periódicos capitalistas —lo mismo monárquicos que republi- canos—, de dar a la guerra actual un contenido histórico que le es ajeno. Por ejemplo, en la República Francesa no hay procedimiento más corriente que los intentos de presentar esta guerra como algo que sigue y se asemeja a las guerras de la Gran Revolución Francesa de 1792. No hay método más difundido para engañar a las masas po- pulares francesas, a los obreros de Francia y de todos los países, que trasladar a nuestra época el «argot» de aquella época, algunas de sus consignas, e intentar presentar las cosas como si la Francia repu-

RkJQdWJsaXNoZXIy MTA3MTQ=