1917

123 todo hombre que piense, luchaba, hace ya cerca de ochenta años, contra el prejuicio filisteo, hijo de la ignorancia, de que es posible separar la guerra de la política de los gobiernos correspondientes, de las clases correspondientes; de que la guerra puede ser consi- derada, a veces, como una simple agresión que altera la paz y que termina con el restablecimiento de esa paz violada. ¡Se han peleado y han hecho las paces! Este tosco e ignorante punto de vista fue re- futado decenas de años atrás, y es refutado por todo análisis más o menos atento de cualquier época histórica de guerras. La guerra es la continuación de la política por otros medios. Toda guerra está inseparablemente unida al régimen político del que surge. La misma política que ha seguido una determinada po- tencia, una determinada clase dentro de esa potencia durante un largo período antes de la guerra, es continuada por esa misma clase, de modo fatal e inevitable, durante la guerra, variando únicamente la forma de acción. La guerra es la continuación de la política por otros medios. Cuando los vecinos revolucionarios franceses de la ciudad y del campo de fines del siglo XVIII derribaron por vía revolucionaria la monarquía e instauraron la república democrática —ajustando las cuentas a su monarca y ajustándoselas también, de modo revo- lucionario, a sus terratenientes—, esta política de la clase revolu- cionaria no podía dejar de sacudir hasta los cimientos al resto de la Europa autocrática, zarista, realista y semifeudal. Y la continuación inevitable de esa política de la clase revolucionaria triunfante en Francia fueron las guerras sostenidas contra la Francia revolucio- naria por todos los pueblos monárquicos de Europa, que, habiendo formado su famosa coalición, se lanzaron sobre ella con una guerra contrarrevolucionaria. De la misma manera que el pueblo revolu- cionario francés reveló entonces, por vez primera en el transcurso de siglos, una energía revolucionaria sin precedente en la lucha dentro del país, en la guerra de fines del siglo XVIII mostró igual genio revolucionario al reestructurar todo el sistema de la estrategia, rompiendo con todos los viejos cánones y usos bélicos y creando, en lugar del ejército antiguo, un ejército nuevo, revolucionario, popular y nuevos métodos de guerra. A mi juicio, este ejemplo merece una

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