1917
118 Es poco probable que pueda encontrarse en Rusia un partido democrático que no acepte la reivindicación programática de susti- tuir el ejército regular con el armamento general del pueblo. Es poco probable que pueda encontrarse un socialista-revolucionario o un socialdemócrata menchevique que se atreva a alzarse contra esta rei- vindicación. Pero la desgracia está en que, «en los tiempos actuales», «es usual» aceptar «en principio» —encubriéndose con frases sonoras sobre la «democracia revolucionaria»— los programas democráticos (y no hablemos ya del socialismo) y renegar de ellos en la práctica. Pronunciarse contra la participación de los soldados en la milicia, basándose en que los «soldados deben cumplir su misión directa», significa olvidar por completo los principios de la demo- cracia y aceptar —quizá involuntaria e inconscientemente— el punto de vista del ejército regular. El soldado es un profesional, su misión directa no es un servicio social: así piensan los partidarios del ejército regular. Esta opinión no es democrática. Es la opinión de un Napoleón. Es la opinión de los partidarios del viejo régimen y de los capitalistas, que sueñan con un fácil retroceso de la república a la monarquía constitucional. El que es demócrata está en contra, por principio, de esa opi- nión. La participación de los soldados en la milicia significa derribar el muro que se alza entre el ejército y el pueblo. Significa romper con el maldito pasado del «cuartel», en el que, al margen del pueblo y contra el pueblo, se «amaestraba», domesticaba y entrenaba a un sector especial de ciudadanos con la «misión directa» de dedicarse únicamente a la profesión militar. La participación de los soldados en la milicia es un problema cardinal, que consiste en reeducar a «los soldados» para hacer de ellos ciudadanos milicianos, en ree- ducar a la población para transformar a los habitantes corrientes en ciudadanos armados. La democracia no pasará de ser una frase huera y falaz o una medida a medias si no se concede inmediata e incondicionalmente a todo el pueblo la posibilidad de aprender a manejar las armas. Y eso es irrealizable sin la participación sistemá- tica, permanente y amplia de los soldados en la milicia. Se nos objetará, quizá, que no se puede apartar a los soldados de sus obligaciones directas . Pero nadie dice eso. Hablar especial-
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